
Los últimos datos hechos públicos por la International Service for the Acquisition of Agri-Biotech (ISAAA) son aplastantes. Nueve millones más de hectáreas de cultivos transgénicos en el mundo, lo que equivale aproximadamente a la superficie de todo Portugal. En total son 134 millones de hectáreas que ya se cultivan en el globo; siguiendo con las comparaciones territoriales, más que toda España, Francia y Portugal juntas. En ellas trabajan 14 millones de agricultores de 25 países que apuestan por esta tecnología. El agricultor es un profesional de su actividad que, como toda persona, quiere obtener más rendimientos de su trabajo y no le gusta tirar el dinero, por lo que hay 14 millones de razones que justifican la viabilidad económica y la rentabilidad del producto.
Este enorme desarrollo productivo, unido a los estrictos controles medioambientales de este tipo de cultivos implican otras 134 millones de razones ambientales que también acreditan su eficiencia desde un punto de vista medioambiental, con una notable mejora en este campo frente a cultivos convencionales, siempre que sean utilizados de forma adecuada y sólo cuando son necesarios. En definitiva, este enorme, eficiente y esperanzador desarrollo solo tiene un punto negro, y es la propia Unión Europea, donde se ha producido una reducción del cultivo, dentro la ya de por si escasa implantación que tiene.
El motivo no es la falta de confianza por parte de nadie, como algunos intentan transmitir, sino que Alemania prohibió su cultivo en 2009, al igual que hizo Francia en 2008. Utilizaron el derecho a aplicar la Clausula de Salvaguarda ante indicios que pusieran en duda su cultivo. Pero la misma norma establece que tienen que ser decisiones justificadas científicamente y que posteriormente la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) debe emitir un informe científico en el que integra dichos datos. En caso de ser favorable, la Clausula se debe levantar, algo que no se ha hecho.
En definitiva, una situación que nada tiene que ver con problemas de salud, ambientales, económicos, ni mucho menos, de falta de confianza del agricultor. Lo bueno, dentro de este contrasentido europeo, es que en España, a pesar de todo, los agricultores que necesitan esta tecnología, la poca que está autorizada, la aplican y aumentan cada vez más su uso, como lo demuestra que ya casi el 22 por ciento del maíz es transgénico, coincidiendo con la mayoría de la superficie en la que el ataque de la plaga del taladro es más agresiva.
Son muchos los agricultores de éste y otros cultivos que están esperando con los brazos abiertos que en la Unión Europea nos fiemos de la ciencia y huyamos de debates ideológicos, que impere el sentido común, que simplemente miremos lo que ha sucedido fuera de nuestras fronteras en los últimos catorce años, y que de una vez por todas nos dotemos de la tecnología que tantos utilizan y no menos necesitan.