
Recientemente se ha producido lo que puede ser un punto de inflexión en la política europea de aprobación y autorización de eventos transgénicos, en particular en lo que afecta a la autorización para su cultivo. El Comisario de Sanidad y Consumo John Dalli presentó las recomendaciones de la Comisión para la nueva regularización de este tipo de cultivos en la Unión Europea (UE). Hay que recordar que en doce años solo se ha aprobado el cultivo de dos eventos transgénicos, mientras que en el resto del mundo, Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina, India, China, etc; así hasta 25 países y 134 millones de hectáreas, el número de autorizaciones aumenta año tras año.
Esta propuesta garantiza que todo el proceso de aprobación va a seguir dependiendo de Bruselas y se va a basar en criterios científicos, es decir en la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA). Hay que recordar que esta organización está formada por científicos independientes, rotatorios, de reconocido prestigio en cada uno de los campos que abarcan y que mantienen su independencia al trabajar en su mayoría para sus propios centros de investigación. A pesar de ello, se ven sometidos a fuertes presiones de importantes grupos anti transgénicos, cada vez que emiten un informe favorable. Acusaciones tan habituales como las de trabajar para los políticos, para las empresas y otras falsedades, son solo algunos de los intentos de desprestigiar a la ciencia cuando sus conclusiones no responden a la propia ideología. Pero algo que debemos tener claro, es que si hay un colectivo en esta sociedad moderna que puede presumir de imparcialidad, son los científicos.
Este nuevo enfoque de la Comisión, al contrario de lo que algunos afirman, no se trata de ningún planteamiento para aprobar por vía rápida nuevos eventos, ya que el procedimiento y las garantías de la EFSA serán las mismas. Los análisis de riesgo para la salud y para el medioambiente seguirán siendo los que hasta ahora, y hay que volver a recordar que la UE tiene vigentes los sistemas más estrictos a nivel mundial. Lo que quizás sí se pueda producir, sería deseable, sería la supresión de bloqueos políticos sin justificación técnica, económica, científica o ambiental, que responden a presiones ideológicas de los poderosos grupos anti transgénicos.
A partir de ahora cada Estado miembro podrá decidir de forma unilateral si quiere o no prohibir su cultivo, evitando así delicados casos como el de Francia que incumple la norma y mantiene clausulas de salvaguarda que ya tenía obligación de haber levantado. Pero quedan dudas sobre los efectos de este nuevo modelo. Por ejemplo, ¿qué va a pasar con dos agricultores colindantes de estados miembros diferentes si toman opciones opuestas?, ¿es esto coherente con las normas de un mercado único?, ¿qué pasaría si algunos Estados miembros optan por transferir esta toma de decisiones a las regiones? En este caso el riesgo sería aún mayor y podría crear importantes agravios comparativos entre agricultores de un solo país e incluso paradojas antieconómicas dentro de una propia explotación ubicada en más de una Comunidad Autónoma. ¿Cómo se van a aplicar las normas de coexistencia de cultivos? La tentación podría ser establecer medidas demasiado rígidas, normas excluyentes, que de hecho conculquen el derecho de un agricultor a sembrar el tipo de semilla disponible en el mercado que más le interese.
Sin duda tenemos que avanzar hacia un modelo diferente de la agricultura Europea, lo que algunos plantean como un objetivo a temer. Sin embargo es una realidad deseable en la que modernas tecnologías permiten producir más alimento en la misma superficie, pero con menor impacto ambiental y que además, favorecen la competitividad de nuestro sector agrario y alimentario.
Muy buena nota